Aprendiendo a decidir

Hace pocos días he visto la película Criadas y Señoras (2011), basada en la obra de Kathryn Stocket, The Help, que relata el modo de vida de las criadas negras en los años 60 en el sur de EEUU, la decadencia de unas creencias que se aferran por seguir dirigiendo un sistema que se autodestruye y el despertar de una nueva generación que quiere construirse sobre un legado de valores diferentes, que han ido creciendo de manera soterrada, prohibida.

Una escena de la película me recordó la estrecha relación de la toma de decisiones con el liderazgo. En un flashback, la protagonista de la película recuerda las palabras de su aya negra: “Todos los días, cuando te despiertes, tendrás que tomar decisiones” y de este acto depende que escojamos nuestra vida o que ésta nos escoja a nosotros.

La cuestión es cómo tomamos esas decisiones, en qué las basamos, de qué modo somos conscientes de ellas y cómo nos hacen sentir.

El Síndrome Niágara es un término acuñado por Anthony Robbins como metáfora de lo que, en ocasiones, motiva las pequeñas y grandes decisiones de nuestra vida:

La vida es un río al que todos saltamos con nuestra propia barca. Vamos dejando que la corriente nos dirija, y somos felizmente inconscientes.

En ocasiones, dejamos que las circunstancias, otras personas, las situaciones nos lleven, hasta que escuchamos el estruendo del agua al caer y entonces nos preguntamos ¿hacia dónde voy? ¿cómo estoy dirigiendo mi vida? ¿estoy a tiempo de esquivar la catarata? ¿podré salir indemne cuando caiga? ¿cómo voy a hacerlo?

En otras ocasiones, sabemos en nuestro interior dónde queremos llegar, pero no tomamos decisiones congruentes con ello, por miedo, por comodidad, por desconfianza, etc., las razones pueden ser variadas. Y ello genera una sensación que no siempre sabemos definir, pero que la vivimos como un sentimiento negativo y que en palabras podría expresarse como “no sé qué es, pero hay algo que no funciona, que no está bien para mí.”

A veces somos conscientes de sentir esa sensación en el cuerpo, cerca del corazón (el corazón está preparado para recibir y procesar información y enviarla al cerebro de manera constante), o en las tripas.

La neurociencia ha descubierto que existe una conexión entre el cerebro cognitivo, pensante, el que nos permite reflexionar y realizar operaciones mentales complejas y los centros límbicos, el cerebro emocional que, a su vez, está conectado con nuestro cuerpo (los ganglios basales, por ejemplo, componentes de un cerebro primitivo, situados en una zona subcortical, están conectados con las zonas verbales, pero también tienen vinculación con el tracto intestinal). Los centros límbicos, donde se almacenan los resultados de nuestras experiencias, evalúan de forma rápida e inmediata en función de esta sabiduría vital y, cuando pensamos, conectan tal pensamiento con las ventajas e inconvenientes emocionales. Según el neurocientífico Antonio Damasio (Universidad de California), tomamos decisiones aplicando sentimientos a los pensamientos.

Desde el punto de vista de la PNL (Programación Neurolingüística), a nivel personal, una persona que se lidera a sí misma, que dirige su barca, es aquella cuyas acciones y comportamientos están en coherencia con sus capacidades, con sus creencias y valores y con su sentido de la identidad (con su misión y propósito). Comportamiento, capacidad, creencia e identidad son distintos niveles de nuestra experiencia subjetiva que se asocian a procesos neuronales cada vez más profundos (por ejemplo, las creencias y valores se manifiestan en el sistema nervioso autónomo en estructuras como el corazón y la “boca” del estómago y la identidad se asocia con nuestro sistema nervioso).

Si nos preguntamos si una determinada decisión está alineada a todos los niveles, es decir, si lo que vamos a hacer o decir es coherente con nuestras capacidades, con lo que creemos y pensamos y con lo que somos, podremos obtener una respuesta verbal, pero también corporal. Sólo hay que escuchar las respuestas en ambos niveles, pues ambos tienen su importancia. Esta respuesta nos dará una pista de si nuestros objetivos tienen más o menos posibilidades de hacerse realidad. Por ello es tan importante conocer nuestros propios valores, creencias y propósitos, y ser conscientes de quiénes somos, de nuestra Identidad, en cada momento de nuestro de vida.

Veo en la obra Criadas y Señoras, al margen de la temática racial propia del contexto histórico, de la integración de razas a través de la educación, una propuesta de enseñanza en la toma de decisiones trabajando el nivel de aprendizaje más profundo, el de la Identidad. Para ilustrar esta afirmación, dejo esta breve recopilación de las escenas en las que la criada repite a la niña a la que ha cuidado y criado, las frases, las claves verbales, asociadas con la identidad de la niña.

“Tú eres buena. Tú eres lista. Tú eres importante.”

Las claves verbales de la Identidad son “Yo soy”… , “Tú eres…”. Son frases con un elevado poder, pues desde la Identidad se forjan las creencias y los valores, que son como las luces que nos permiten ver qué decisión nos conviene tomar en un momento dado. Nuestro valores y creencias y nuestra identidad requieren de nuestras capacidades, algunas innatas, otras por desarrollar. Nuestras capacidades nos permiten actuar y comportarnos de determinada manera. Si desde pequeño te repiten que eres tonto, o torpe o tímido o cualquier otro calificativo basado en una circunstancia concreta ¿qué clase de pensamientos y creencias sobre ti, sobre los demás, sobre la vida, vas a albergar? ¿Qué capacidades vas a querer desarrollar? ¿Cómo te vas a comportar?´¿Qué base tendrán tus decisiones?

Tú eres buena. Tú eres lista. Tú eres importante

¿Qué clase de comportamientos, capacidades, creencias y valores van a resultarle coherentes a la pequeña Mae Mobley? ¿Qué clase de decisiones va a tomar cada mañana al despertar?