¿Cómo te trata el mundo?

Primera hora de la mañana, hora punta de un jueves por la mañana, estoy en mi coche, parada, esperando incorporarme a una rotonda. Contemplo cómo, uno tras otro, pasan los coches, es como un desfile que no termina nunca; por fin, un breve vacío, comienzo a acelerar y, de repente, un pitido, siento el impacto del claxon en mi cabeza, y en el estómago, mientras entro en la rotonda miro por el retrovisor y veo a un hombre gesticulando con los brazos y vocalizando. Pocos metros más adelante, unas obras me obligan a desviarme de carril, de nuevo el fuerte sonido del claxon, otra vez golpe en el estómago. Vuelo a mirar por el espejo retrovisor, no puedo distinguir el rostro, sí el movimiento de los brazos y de la boca. Es el mismo coche que antes. Entonces, él gira bruscamente y entra en el aparcamiento del hospital. Yo sigo mi camino, con el enfado en la barriga y alguna que otra frase en mi cabeza.

Tardé un tiempo calmarme; me sentí agredida injustamente, de manera irracional. La escena se repetía una y otra vez en mi cabeza, al mismo tiempo que aumentaba mi enfado, hasta que recordé cómo el coche entró en el hospital. Entonces pensé: ¿Y si algo malo le estaba ocurriendo a alguien a quien quería? ¿Y si el miedo era tan intenso que no encontró otra salida?

En ese momento dejé de pensar y se diluyó el enfado y la rabia. Para el conductor del otro vehículo, lo que hizo tenía un sentido, una intención.

Creo que cada cual, a su manera, y probablemente en ambas posiciones (no importa en la situación en la que hayas estado, de alguna manera ambas partes se sienten agredidas) ha vivido esta escena de un modo u otro. Una experiencia que, si dejas que permanezca, puede marcar tendencia en el día si te ocurre por la mañana, y arruinar tu vuelta a casa si te ocurre después del trabajo por la tarde. Depende de nosotros: de cómo la pensemos, de cómo nos la representemos.

A veces no tenemos en cuenta la forma en que nos relacionamos con los demás, no somos conscientes de cómo nos dirigimos a ellos, de la manera en que les hablamos, de cómo les miramos o les tocamos, de si respetamos el espacio que ocupan… pero nada de lo que hagamos en nuestro día a día es insignificante, todo genera una corriente, de nuevos pensamientos, de nuevos sentimientos, de nuevas acciones, en nosotros mismos y en otros. Robin Sharma, en sus Cartas Secretas del Monje habla de la importancia de vivir con amabilidad:

(…) al igual que nuestras palabras son la expresión verbal de nuestros pensamientos, nuestras acciones son la manifestación de nuestras creencias. (…) La forma en que tratamos a una sola persona define cómo tratamos a todo el mundo, incluidos a nosotros mismos. Si no respetamos a los demás, no nos respetamos a nosotros mismos. Si somos crueles con los demás, somos crueles con nosotros mismos. Si no podemos apreciar a quienes nos rodean, no nos apreciaremos a nosotros mismos.”

Entonces ¿cómo me relaciono con mis compañeros, con mi familia, con mis amigos, con las personas en los distintos ámbitos de mi vida? ¿Cómo se sentirán junto a mí? ¿Cómo podría añadir hoy un poco más de amabilidad a mis acciones? ¿qué pasaría, entonces? ¿qué puedo hacer para parar esos pensamientos que me crean malestar y lo alimentan?

¿Cómo me trata el mundo? o quizá la pregunta tenga otro sujeto ¿Cómo lo estoy tratando? ¿Cómo me estoy tratando?