Crear, creer y contribuir

“Nadie puede ocupar tu lugar. Cada uno teje una hebra en la tela de la creación. Nadie puede tejer esa hebra por nosotros.”

Duane Elgin

¡Tía, mira lo que he hecho, lo he hecho yo sola, se me ha ocurrido a mí!”

Con esta emoción y sorprendida de sus propias capacidades me anunciaba mi sobrina, de 9 años, su última creación: estaba tan orgullosa que hizo una fotografía y me la envió por watsup como prueba de lo bien que había resultado su “ocurrencia”: un diseño original de pantalón corto, camiseta y cazadora vaquera, con zapatillas deportivas a juego. Le encanta diseñar ropa, combinarla y probar sus propios diseños en ella misma. La sonrisa de satisfacción era elocuente: “tengo un lugar, un espacio en este mundo, tengo un sitio para ser quien soy, tiene sentido”.

¿Recuerdas esa sensación de asombro ante lo que has sido capaz de hacer? ¿Ese sentimiento de plenitud, de contribución, de valor, que ha nacido en alguna parte profunda y misteriosa de ti mismo/a?

 Crear genera esa sensación de formar parte de algo que te transciende. Cuando somos niños nos dejamos ser y experimentamos el poder de creer que las cosas son posibles y de que no hay caminos intransitables. A medida que vamos creciendo el miedo a no ser lo suficientemente buenos, a que los resultados no gusten o no cumplan los estándares que nos hemos marcado, las creencias sobre lo que se debe y no se debe, lo que se hace y lo que no se hace, las autoexigencias, etc. nos desvían y nos sacan del proceso de creación, dejamos de inventar, de imaginar y de creer. Y sin creer es imposible crear.

Todos tenemos la capacidad de crear, de ofrecer soluciones alternativas e inusuales a situaciones reales ya sean cotidianas o extraordinarias, y nuestras hebras de creatividad son únicas. Se trata de conjugar la realidad con la posibilidad con actitud de flexibilidad y de desapego de lo ya aprendido, con curiosidad por experimentar nuevos caminos, sin dar nada por sentado.

 Para ello, hemos de recuperar algunos hábitos, actitudes y emociones de los que disfrutábamos en abundancia cuando éramos niños:

  1. Estar presente en la tarea y no en la expectativa del resultado.
  2. Desarrollar en términos de posibilidad, en lugar de centrarse en lo que “no se puede” o “no se debe”.
  3. No tomarnos tan en serio a nosotros mismos, el humor genera apertura y relajación.
  4. Hacerse preguntas sobre lo que hacemos y cómo lo hacemos y explorar alternativas. ¿Quién dice que las cosas tienen que ser así? Existe más de un modo de hacer las cosas y más de una forma de mirar.
  5. Dejar a un lado la lógica y abrir paso a la provocación. No siempre ha de haber una razón para todo.
  6. Hablarte a ti mismo en términos de fe, no de miedo. Así lo expresaba Chejov: “El hombre es lo que cree”. No se trata de fe en una doctrina, sino un principio, una convicción, una pasión, una guía que te impulse.
  7. Hacer caso a tu intuición, sin juzgarla. Ponerla en práctica con la curiosidad de ver qué pasa.

 Crear es dar paso a esa parte fresca y emocionante de ti. Te permite ser enteramente tú y conectar con otros desde tu potencial. Cuando te permites crear, te das el permiso de contribuir “en la tela de la creación”, simplemente por el hecho de hacer algo posible.

¿Cómo sería volver a sorprenderte de tus capacidades? ¿Cómo sería tu vida, tus relaciones, tu trabajo si desarrollaras y aplicaras tu estado creativo? ¿Cuáles de tus hábitos contribuyen a tu creatividad y cuáles la entorpecen?