¿Secuestrado en el trabajo?

Leyendo una de las últimas publicaciones de Daniel Goleman, (El cerebro y la Inteligencia emocional: nuevos descubrimientos) me sorprendo cuando en el capítulo en que trata del autodominio, cita el estudio de Tony Schwartz (The way we are working isn’t working) en el que recoge los “cinco detonantes de la amígdala en el entorno laboral”, es decir, que hay cinco aspectos que pueden, automáticamente, hacernos reaccionar de manera irracional y comportarnos desproporcionadamente en el trabajo, hasta el punto de que más tarde podamos arrepentirnos.

Según explica Goleman, el autodominio es la conciencia y la gestión de nuestros estados internos y depende de la interacción entre el córtex prefrontal (centro de control del cerebro) y los centros emocionales que convergen en la amígdala. Si esa interacción es equilibrada existe autodominio.

La amígdala hace la función de prevenirnos contra lo que detecta como un peligro o amenaza a nuestra supervivencia, es la encargada de preparar las respuestas de lucha, huida o parálisis y de memorizar las respuestas emocionales.

Una vez percibido el estímulo, y en un instante, antes de que el lóbulo central valore la situación, la amígdala puede disparar la secreción de hormonas del estrés, estimular el sistema cardiovascular, aumentar el riego sanguíneo hacia los músculos, etc. Si la amígdala toma el mando, si no hay interacción con el córtex prefrontal, se produce lo que Goleman llama, “secuestro emocional”. Cuando esto ocurre, durante unos segundos sólo sentimos nuestro cuerpo, no podemos pensar, la memoria se paraliza, nos focalizamos en la amenaza, no podemos crear, no hay lugar para buscar una solución diferente. Este secuestro se puede prolongar horas, días e incluso, en niveles más leves, puede ser crónico.

Lo que destaca Goleman es que la capacidad de percepción de la amígdala es muy limitada, pues sólo recoge una pequeña parte de la información que le transmite la vista y el oído, el resto de señales se dirigen a otras partes del cerebro. Estos otros receptores tardan más en estudiar de manera precisa la información. Por tanto, la escasa información a partir de la que reacciona hace que cometa errores y que, por ello, las reacciones puedan ser desproporcionadas.

En el ámbito laboral, más que nunca, los signos de amenaza tienen que ver con la pérdida: la pérdida de valor, de reconocimiento, de seguridad, incluso de control y de identidad. El peligro está muy cerca, lo reconocemos porque, en el mejor de los casos, lo hemos experimentado en el entorno cercano.

Goleman cita los 5 interruptores que pueden encender la amígdala en el ámbito laboral y que apunta Schwartz:

  1. Ser objeto de condescendencia y /o falta de respeto
  2. Recibir un trato injusto
  3. No sentirnos valorados
  4. Tener la impresión de que no nos escuchan
  5. Vernos sometidos a calendarios poco realistas

Entonces, podemos decir que, para una organización “tirar de la anilla” puede suponer como mínimo que la plantilla piense con menos claridad, que no esté enfocada en su trabajo, sino en la amenaza, que tenga menos capacidad para buscar soluciones, para aprender… ¿qué coste tiene esto para una organización?

Pero también las personas podemos trabajar para no dejarnos arrastrar por el secuestro amigdalar:

El primer paso es ser conscientes de los signos corporales que nos indican que se está produciendo: quizá tensión muscular o calor inusual, cosquilleo en el estómago, latidos del corazón, etc.

Una vez detectado el inicio, para romper el circuito, pongamos a trabajar el córtex prefrontal, quizá, al principio, si es posible, puedas encontrar útil alejarte de la persona o de la situación que ha servido de estímulo. Razona sobre lo que piensas y sobre cómo lo piensas, pon en tela de juicio lo que te dices, piensa de manera empática y con el convencimiento de que detrás de todo comportamiento hay una intención positiva.

Actuar sobre la tensión de nuestro cuerpo también puede ayudar a romper la inercia: concentrarnos por unos segundos en la respiración profunda puede ayudar a “enfriar” la mente y calmar el cuerpo.

¿Te has sentido afectado por alguno de estos interruptores? ¿Qué signos corporales lo manifiestan? ¿Vienen pensamientos a tu mente? ¿A qué se refieren, al presente, al pasado, al futuro? ¿Qué expresan de ti esos pensamientos? ¿Quieres actuar de otra manera? ¿Cómo sería esa alternativa de actuación que te haría sentir bien?